Este blog contiene textos dedicados a las familias, a los padres y madres para que eduquen con buenas prácticas. Tiene dos enfoques que se complementan: el psicológico y el jurídico. Está escrito por dos grandes profesionales y amigos. Antonio Lafuente y Antonio Ortuño. Esperamos que os sea útil.
viernes, 13 de diciembre de 2013
sábado, 30 de noviembre de 2013
Realmente ¿necesitamos una silla para pensar?
Una silla es un asiento con
respaldo, por lo general de 4 patas, en el que solo cabe una persona (o un
cerebro). Es una definición sencilla. Definir “pensar” ya es más complicado, ya
que es algo no observable. Es un término relacionado con la inteligencia, con
tomar decisiones, con reflexionar, opinar, analizar, producir ideas,
planificar, organizar, predecir, anticipar, imaginar…
Yo ahora mismo estoy
pensando, y estoy en una silla. ¿Estoy utilizando la técnica de la silla de
pensar? Yo creo que no, puesto que hay una gran diferencia: lo he elegido. Y
cuando se manda a un niño/a a pensar a una silla lo eligen los adultos. El
niño/a no lo decide.
Yo soy un defensor de ayudar
a pensar a los niños/as, adaptándonos a su desarrollo cognitivo. La aparición
del lenguaje es uno de los principales hitos del desarrollo, ya que sin
lenguaje no hay pensamiento. Potenciar el lenguaje interior de los niños/as,
sus pensamientos, es fundamental para madurar y crecer de forma inteligente.
Cuando un niño/a aprende a hablarse a sí mismo, ya es libre.
Hay que dejar que los
niños/as se hablen a sí mismos, ya sea en una silla, en la cama, andando o
merendando. Pero a su ritmo, con sus tiempos, sin forzar. Todo lo que ya puedan analizar, sacar
conclusiones, valorar, enjuiciar, crear… que lo hagan. Cuando desde fuera nos
excedemos en explicaciones, argumentos, reflexiones, intentar convencer… mal
asunto. Yo siempre digo a los padres, cuanto más funciona tu cerebro, menos
funciona el de tu hijo/a. Los sermones, las charlas, eso que ya has contado a
tu hijo/a varias veces, infantiliza, no potencia su pensamiento, ni su
aprendizaje y maduración.
Las familias que usan la
silla de pensar lo utilizan cuando surgen conflictos, y la alteración emocional
normalmente campea a sus anchas. O el niño/a está enfadado, o los padres están
enfadados, o ambos están enfadados. Cuando se utiliza la silla de pensar
existiendo este descontrol emocional, se desconoce por completo el
funcionamiento de nuestro cerebro. Es imposible “pensar” cuando tu cerebro está
invadido por la ira. Cuando se está enfadado sólo te vienen a la cabeza
pensamientos relacionados con la injusticia
(¿cuántas veces hemos odio decir “esto es injusto”?). Sólo nos funciona
la parte cerebral más antigua, la del instinto y la supervivencia, la de la
defensa. Es como si el cerebro estuviera reducido, secuestrado por la ira.
Mandar a alguien a pensar en esa situación, sea en una silla o en la lámpara
del salón, es absurdo.
Simplemente piensa cuando
estás muy enfadado por algo, y alguien te dice, aunque sea con ternura y
delicadeza, “anda, siéntate ahí y
piénsatelo”. Pues eso, es fácil que le mandes a freír monas. Tú decides
cuando pensar y dónde.
Ante los conflictos con los
niños/as, los que se tienen que ir a pensar (sea en una silla o no), como
mucho, son los padres. Cuando un niño provoca, se enfada, se altera, suele
tener razón. Algo hemos hecho mal los adultos, alguna contradicción entre lo
que pensamos, decimos o hacemos. Los niños/as se enfadan cuando detectan
incoherencias, imprevistos, inseguridades. En lugar de llevar a tu hijo/a a
pensar a una silla, déjale pensar lo que quiera donde quiera, atiende al plano
emocional, y aprovecha para analizar qué ha pasado. ¿Estaba yo enfadado? ¿Cómo
le he dicho lo que le he dicho? ¿Le he dicho una cosa y estoy haciendo otra?
¿Le he trasmitido mensajes de confianza? ¿He sido respetuoso? ¿Estoy
entendiendo su malestar? ¿Me he excedido en mis argumentos? ¿Estoy imponiendo
lo que tiene que pensar? ¿Estoy enjuiciando su actuación? ¿Le estoy diciendo
algo que ya ha escuchado cientos de veces? ¿Le estoy diciendo continuamente lo
que tiene que hacer?
Si establecemos pautas
educativas coherentes, respetuosas, creíbles, predecibles, empáticas…
fortalecemos esa seguridad que necesitan nuestros hijos/as para crecer, tomar
decisiones, pensar… y no hace falta poner a ese cerebro en un asiento con respaldo,
por lo general de 4 patas, ni inventarnos la cómoda de la reflexión, ni el sofá
de la anticipación, ni el perchero de la creatividad, ni la alacena de la
planificación, ni la mesa de la atención, ni el escritorio del control
inhibitorio, ni la alfombra de la inteligencia...
Conferencia para alumnado de Educación Infantil
Este jueves, Noviembre de 2013 ante unas 100 estudiantes de Educación Infantil, en el Instituto Pio Baroja, en Madrid, explicando mi método educativo. Un placer.
viernes, 15 de noviembre de 2013
Artículo publicado en la revista Mi Pediatra Nº94
Entender el comportamiento infantil, no señalar al niño/a como el que tiene el problema, enfocar el cambio en los padres, y entrenarlos en herramientas coherentes y respetuosas. Son alguna de las claves de la intervención familiar. Mi artículo en el último número de Mi Pediatra. Espero que os guste!!
https://drive.google.com/file/d/0B0juK5UUOdLmRzY2TUR1M1BVX2s/edit?usp=sharing
https://drive.google.com/file/d/0B0juK5UUOdLmRzY2TUR1M1BVX2s/edit?usp=sharing
jueves, 14 de noviembre de 2013
Más conferencias
Después de estar por tierras almerienses dando conferencias en Garrucha, Macael y Alhama de Almería, (volveré a Almería en Enero), retorno a Navarra. Dos conferencias me esperan. Y el reencuentro con muy buena gente.
Y en Madrid estoy a punto de cerrar tres conferencias. Ya iré informando.
domingo, 6 de octubre de 2013
A mí nadie me tiene que decir cómo educar a mi hij@
Es una frase que de vez en
cuando se oye en diferentes foros. Lo puede escuchar el profesorado, los
profesionales de la psicología, el personal sanitario, el vecindario… No es fácil
decirla, ni escucharla.
¿Por
qué una madre o un padre dice esta frase?
En primer lugar, es una
respuesta a un comentario recibido, y que no suele gustar. Un comentario de una
amistad, un familiar, un profesional,
sobre cómo ha podido afrontar ese adulto una situación determinada con
su hij@. Esa persona se siente ofendida, y reacciona con cierto nivel de ira
(interpreta que no es justo lo que están diciendo, o cómo se lo están diciendo).
Por eso cada vez cuesta más hacer comentarios de este tipo, ya que a nadie
tampoco le gusta que le digan a mi nadie…
En segundo lugar, aparece la
autosuficiencia. Creen que la educación de los hij@s sólo la pueden hacer los
padres y madres, y con ello desautorizan a otras figuras educativas
imprescindibles para el desarrollo de los niñ@s, como los abuel@s, las
amistades o el profesorado. No existe la corresponsabilidad educativa. Por
ello, cualquier fuente de información que discrepe de su planteamiento educativo
es desacreditada, no se tiene en cuenta.
Y en tercer lugar, puede ser
un mecanismo de defensa, una evitación. No se quiere afrontar una realidad que para
otras personas no está funcionando. Puede ser una dificultad a admitir errores,
de aceptar limitaciones, de buscar la perfección, de huir de críticas, de miedo
a sentirte evaluado, de experiencias previas aversivas.
Ventajas
de decir esta frase:
Ninguna. Si me dicen que a
la tortilla de patatas en lugar de cebolla eche calabacín, y yo digo “a mí nadie me tiene que decir que echar a la
tortilla de patatas”, pues no la pruebo y nunca sabré si era cierto o no. Es
mejor cambiar, probar y decidir. Y luego yo decido lo que yo considero deseable
(le añado calabacín si me ha gustado y si no, no). Si las estrategias que
utilizo para manejar un conflicto no me funcionan, insistir en lo que no
funciona no aporta ninguna ventaja. Busco cambios e intento aplicarlos (a no ser
que me digan que eche lejía a la tortilla o que me obliguen a echar calabacín).
¿Quién
suele decirla?
Puede ocurrir que ambos
miembros de la pareja estén de acuerdo con esta frase. Este tipo de familias no
suele acudir a terapia psicológica (a no ser que lo dictamine un juez). Es más
habitual que aparezca una pareja dónde sólo un miembro de la pareja esté de
acuerdo con esa frase (suele ser el varón).
¿Cómo
actuar desde el plano terapéutico?
Con mucho respeto. Evitando
las instrucciones, las valoraciones, las recomendaciones. Intentando entender
su postura, realzando sus fortalezas, y poco a poco ponerles encima de la mesa
otro modelo para que experimenten. La terapia no es decirles lo que tiene que
hacer, sino hacer que decidan los padres, que sean ellos los protagonistas de
su aprendizaje y cambio, que detecten sus contradicciones, bloqueos y sus resistencias
al cambio. Esto es posible… y muy enriquecedor.
El proyecto Familias
Inteligentes en las terapias intenta ayudar a las familias a que:
- Busquen
y promuevan los cambios, el avance. Sean curiosas, ambiciosas, les guste
descubrir nuevas cosas.
- Se
lleven bien con informaciones hetereogéneas, con nuevas realidades, retos y
oportunidades. Sepan indagar, elegir, seleccionar lo pertinente, lo idóneo para
la educación de sus hij@s.
-
Admitan
otros criterios, escuchen, compartan, no tengan miedo a decir “no lo tengo
claro”, “creo que me he confundido”. Cambiar de opinión no es un signo de
debilidad, sino de inteligencia.
-
Sepan
que educar es un continuo reajuste mutuo y que no siempre usamos las
herramientas adecuadas.
-
Acepten
lo diferente, la pluralidad de ideas, el enriquecerse de las vivencias con
otras personas.
-
Deleguen
responsabilidades en otros contextos educativos, construyendo puentes con la
familia extensa, el centro escolar, el vecindario…
-
Sustituyan
la frase “a mí nadie me tiene que decir cómo educar a mi hijo” por “decidme cualquier
cosa que penséis me puede ser útil para educar mejor”.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




