Este blog contiene textos dedicados a las familias, a los padres y madres para que eduquen con buenas prácticas. Tiene dos enfoques que se complementan: el psicológico y el jurídico. Está escrito por dos grandes profesionales y amigos. Antonio Lafuente y Antonio Ortuño. Esperamos que os sea útil.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Realmente ¿necesitamos una silla para pensar?


Una silla es un asiento con respaldo, por lo general de 4 patas, en el que solo cabe una persona (o un cerebro). Es una definición sencilla. Definir “pensar” ya es más complicado, ya que es algo no observable. Es un término relacionado con la inteligencia, con tomar decisiones, con reflexionar, opinar, analizar, producir ideas, planificar, organizar, predecir, anticipar, imaginar…
Yo ahora mismo estoy pensando, y estoy en una silla. ¿Estoy utilizando la técnica de la silla de pensar? Yo creo que no, puesto que hay una gran diferencia: lo he elegido. Y cuando se manda a un niño/a a pensar a una silla lo eligen los adultos. El niño/a no lo decide.
Yo soy un defensor de ayudar a pensar a los niños/as, adaptándonos a su desarrollo cognitivo. La aparición del lenguaje es uno de los principales hitos del desarrollo, ya que sin lenguaje no hay pensamiento. Potenciar el lenguaje interior de los niños/as, sus pensamientos, es fundamental para madurar y crecer de forma inteligente. Cuando un niño/a aprende a hablarse a sí mismo, ya es libre.
Hay que dejar que los niños/as se hablen a sí mismos, ya sea en una silla, en la cama, andando o merendando. Pero a su ritmo, con sus tiempos, sin forzar.  Todo lo que ya puedan analizar, sacar conclusiones, valorar, enjuiciar, crear… que lo hagan. Cuando desde fuera nos excedemos en explicaciones, argumentos, reflexiones, intentar convencer… mal asunto. Yo siempre digo a los padres, cuanto más funciona tu cerebro, menos funciona el de tu hijo/a. Los sermones, las charlas, eso que ya has contado a tu hijo/a varias veces, infantiliza, no potencia su pensamiento, ni su aprendizaje y maduración.
Las familias que usan la silla de pensar lo utilizan cuando surgen conflictos, y la alteración emocional normalmente campea a sus anchas. O el niño/a está enfadado, o los padres están enfadados, o ambos están enfadados. Cuando se utiliza la silla de pensar existiendo este descontrol emocional, se desconoce por completo el funcionamiento de nuestro cerebro. Es imposible “pensar” cuando tu cerebro está invadido por la ira. Cuando se está enfadado sólo te vienen a la cabeza pensamientos relacionados con la injusticia  (¿cuántas veces hemos odio decir “esto es injusto”?). Sólo nos funciona la parte cerebral más antigua, la del instinto y la supervivencia, la de la defensa. Es como si el cerebro estuviera reducido, secuestrado por la ira. Mandar a alguien a pensar en esa situación, sea en una silla o en la lámpara del salón, es absurdo.
Simplemente piensa cuando estás muy enfadado por algo, y alguien te dice, aunque sea con ternura y delicadeza, “anda, siéntate ahí y piénsatelo”. Pues eso, es fácil que le mandes a freír monas. Tú decides cuando pensar y dónde.
Ante los conflictos con los niños/as, los que se tienen que ir a pensar (sea en una silla o no), como mucho, son los padres. Cuando un niño provoca, se enfada, se altera, suele tener razón. Algo hemos hecho mal los adultos, alguna contradicción entre lo que pensamos, decimos o hacemos. Los niños/as se enfadan cuando detectan incoherencias, imprevistos, inseguridades. En lugar de llevar a tu hijo/a a pensar a una silla, déjale pensar lo que quiera donde quiera, atiende al plano emocional, y aprovecha para analizar qué ha pasado. ¿Estaba yo enfadado? ¿Cómo le he dicho lo que le he dicho? ¿Le he dicho una cosa y estoy haciendo otra? ¿Le he trasmitido mensajes de confianza? ¿He sido respetuoso? ¿Estoy entendiendo su malestar? ¿Me he excedido en mis argumentos? ¿Estoy imponiendo lo que tiene que pensar? ¿Estoy enjuiciando su actuación? ¿Le estoy diciendo algo que ya ha escuchado cientos de veces? ¿Le estoy diciendo continuamente lo que tiene que hacer?

Si establecemos pautas educativas coherentes, respetuosas, creíbles, predecibles, empáticas… fortalecemos esa seguridad que necesitan nuestros hijos/as para crecer, tomar decisiones, pensar… y no hace falta poner a ese cerebro en un asiento con respaldo, por lo general de 4 patas, ni inventarnos la cómoda de la reflexión, ni el sofá de la anticipación, ni el perchero de la creatividad, ni la alacena de la planificación, ni la mesa de la atención, ni el escritorio del control inhibitorio, ni la alfombra de la inteligencia...

Taller on line próximo


Conferencia para alumnado de Educación Infantil



 Este jueves, Noviembre de 2013 ante unas 100 estudiantes de Educación Infantil, en el Instituto Pio Baroja, en Madrid, explicando mi método educativo. Un placer.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Artículo publicado en la revista Mi Pediatra Nº94

Entender el comportamiento infantil, no señalar al niño/a como el que tiene el problema, enfocar el cambio en los padres, y entrenarlos en herramientas coherentes y respetuosas. Son alguna de las claves de la intervención familiar. Mi artículo en el último número de Mi Pediatra. Espero que os guste!!

https://drive.google.com/file/d/0B0juK5UUOdLmRzY2TUR1M1BVX2s/edit?usp=sharing

jueves, 14 de noviembre de 2013

Más conferencias


Después de estar por tierras almerienses dando conferencias en Garrucha, Macael y Alhama de Almería, (volveré a Almería en Enero), retorno a Navarra. Dos conferencias me esperan. Y el reencuentro con muy buena gente.
Y en Madrid estoy a punto de cerrar tres conferencias. Ya iré informando.

domingo, 6 de octubre de 2013

A mí nadie me tiene que decir cómo educar a mi hij@

Es una frase que de vez en cuando se oye en diferentes foros. Lo puede escuchar el profesorado, los profesionales de la psicología, el personal sanitario, el vecindario… No es fácil decirla, ni escucharla.

¿Por qué una madre o un padre dice esta frase?
En primer lugar, es una respuesta a un comentario recibido, y que no suele gustar. Un comentario de una amistad, un familiar, un profesional,  sobre cómo ha podido afrontar ese adulto una situación determinada con su hij@. Esa persona se siente ofendida, y reacciona con cierto nivel de ira (interpreta que no es justo lo que están diciendo, o cómo se lo están diciendo). Por eso cada vez cuesta más hacer comentarios de este tipo, ya que a nadie tampoco le gusta que le digan a mi nadie…
En segundo lugar, aparece la autosuficiencia. Creen que la educación de los hij@s sólo la pueden hacer los padres y madres, y con ello desautorizan a otras figuras educativas imprescindibles para el desarrollo de los niñ@s, como los abuel@s, las amistades o el profesorado. No existe la corresponsabilidad educativa. Por ello, cualquier fuente de información que discrepe de su planteamiento educativo es desacreditada, no se tiene en cuenta.
Y en tercer lugar, puede ser un mecanismo de defensa, una evitación. No se quiere afrontar una realidad que para otras personas no está funcionando. Puede ser una dificultad a admitir errores, de aceptar limitaciones, de buscar la perfección, de huir de críticas, de miedo a sentirte evaluado, de experiencias previas aversivas.

Ventajas de decir esta frase:
Ninguna. Si me dicen que a la tortilla de patatas en lugar de cebolla eche calabacín, y yo digo  “a mí nadie me tiene que decir que echar a la tortilla de patatas”, pues no la pruebo y nunca sabré si era cierto o no. Es mejor cambiar, probar y decidir. Y luego yo decido lo que yo considero deseable (le añado calabacín si me ha gustado y si no, no). Si las estrategias que utilizo para manejar un conflicto no me funcionan, insistir en lo que no funciona no aporta ninguna ventaja. Busco cambios e intento aplicarlos (a no ser que me digan que eche lejía a la tortilla o que me obliguen a echar calabacín).

¿Quién suele decirla?
Puede ocurrir que ambos miembros de la pareja estén de acuerdo con esta frase. Este tipo de familias no suele acudir a terapia psicológica (a no ser que lo dictamine un juez). Es más habitual que aparezca una pareja dónde sólo un miembro de la pareja esté de acuerdo con esa frase (suele ser el varón).

¿Cómo actuar desde el plano terapéutico?
Con mucho respeto. Evitando las instrucciones, las valoraciones, las recomendaciones. Intentando entender su postura, realzando sus fortalezas, y poco a poco ponerles encima de la mesa otro modelo para que experimenten. La terapia no es decirles lo que tiene que hacer, sino hacer que decidan los padres, que sean ellos los protagonistas de su aprendizaje y cambio, que detecten sus contradicciones, bloqueos y sus resistencias al cambio. Esto es posible… y muy enriquecedor.

El proyecto Familias Inteligentes en las terapias intenta ayudar a las familias a que:

-        Busquen y promuevan los cambios, el avance. Sean curiosas, ambiciosas, les guste descubrir nuevas cosas. 
-      Se lleven bien con informaciones hetereogéneas, con nuevas realidades, retos y oportunidades. Sepan indagar, elegir, seleccionar lo pertinente, lo idóneo para la educación de sus hij@s.
-       Admitan otros criterios, escuchen, compartan, no tengan miedo a decir “no lo tengo claro”, “creo que me he confundido”. Cambiar de opinión no es un signo de debilidad, sino de inteligencia.
-       Sepan que educar es un continuo reajuste mutuo y que no siempre usamos las herramientas adecuadas.
-       Acepten lo diferente, la pluralidad de ideas, el enriquecerse de las vivencias con otras personas.
-       Deleguen responsabilidades en otros contextos educativos, construyendo puentes con la familia extensa, el centro escolar, el vecindario…
-       Sustituyan la frase “a mí nadie me tiene que decir cómo educar a mi hijo” por “decidme cualquier cosa que penséis me puede ser útil para educar mejor”.